Coetzee y la vida erótica
Publicado por Juan en Junio 25, 2007
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El Premio Nobel de Literatura de 2003, J. M. Coetzee visitó el viernes pasado la Universidad de Murcia, donde adelantó una parte de su próxima obra: «Diario de un año malo», unas reflexiones lúcidas que próximamente publicará Mondadori.
8. Sobre la vida erótica
Un año antes de que muriera por su propia mano, mi amigo Gyula me habló sobre el eros tal como lo conocía en el otoño de sus días.
En su juventud en Hungría, decía Gyula, había sido un gran mujeriego. Pero a medida que envejecía, aunque permanecía tan vivamente receptivo a la belleza femenina como siempre, la necesidad de hacer el amor a las mujeres de carne y hueso disminuyó. En toda su apariencia externa se convirtió en el más casto de los hombres.
Tal aparente castidad era posible, decía, porque había dominado el arte de conducir un affaire amoroso a través de todas sus etapas, desde el encaprichamiento hasta la consumación, por completo dentro de su mente. ¿Cómo podía hacer eso? El primer paso indispensable era capturar lo que él llamaba una “viva imagen” de la amada y hacerla suya. Luego, sobre esta imagen se detenía, insuflándole aliento, hasta alcanzar un punto en el que, todavía en el reino de la imaginación, podía comenzar a hacer el amor a ese íncubo suyo y, con el tiempo, conducirla a los mayores éxtasis; y toda esta apasionada historia permanecería oculta al modelo terrenal que la había inspirado (Sin embargo, este mismo Gyula también afirmaba que ninguna mujer puede ignorar la mirada de deseo fija sobre ella, incluso en una habitación atestada de gente, incluso si no puede identificar su origen).
“Aquí en Batemans Bay han prohibido el uso de cámaras en las playas y en los centros comerciales”, dijo Gyula (Batemans Bay era donde pasó sus últimos años). “Dicen que es para proteger a los niños de las atenciones depredadoras de los pedófilos. ¿Qué es lo siguiente que van a hacer? ¿Arrancarnos los ojos a los que superamos cierta edad? ¿Obligarnos a llevar vendas?”
Él, por su parte, tenía un escaso interés erótico en los niños; aunque coleccionaba imágenes (había sido fotógrafo de profesión), no era un pornógrafo. Había vivido en Australia desde 1957 sin sentirse jamás cómodo. La sociedad australiana era demasiado puritana para sus gustos. “Si supieran lo que pasa en mi mente”, decía, “me crucificarían”. “Quiero decir”, añadía como una ocurrencia tardía, “con clavos de verdad”.
Le pregunté cómo eran los acoplamientos imaginarios que describía, si le reportaban algo que se aproximara a la misma satisfacción que hacer el amor en el mundo real. Y por cierto, continuaba yo, si había reflexionado sobre el hecho de que el deseo de violar a las mujeres en la intimidad de sus pensamientos podría ser una expresión no de amor sino de venganza –venganza de las jóvenes y de las bellas por desdeñar a un hombre feo y viejo como él (éramos amigos, podíamos hablar así).
Soltó una carcajada. “¿Qué crees que significa ser un mujeriego?” dijo (era una de sus palabras favoritas en inglés, le encantaba hacerla vibrar en su lengua, mu-je-rie-go ). “Un mujeriego es un hombre que te desmembra y que te hace recomponerte de nuevo como una mujer. Como un a-to-mi-za-dor que te parte en átomos. Son sólo los hombres los que odian a los mujeriegos, por celos. A las mujeres les gustan los mujeriegos. Una mujer y un mujeriego forman una pareja natural”.
“Como un pez y un anzuelo”, dije.
“Si, como un pez y un anzuelo”, dijo, “Dios nos hizo el uno para el otro”.
Le pedí que me contara más sobre su técnica.
Todo dependía, me contestó, de ser capaz de capturar, con la más estrecha, la más devota atención, ese gesto único e insconciente, demasiado leve o demasiado fugaz para ser percibido por el ojo corriente, con el que una mujer se descubría –descubría su esencia erótica, es decir, su alma. El modo en que giraba su muñeca para mirar su reloj de pulsera, por ejemplo, o el modo en que se agachaba para estirar la correa de una sandalia. Una vez que se capturaba ese movimiento único, la imaginación erótica podía investigarlo a su antojo hasta desvelar cada recóndito secreto de la mujer, sin excluir cómo se movía en los brazos de un amante, cómo llegaba a su orgasmo. A partir del gesto de la revelación todo seguía “como guiado por el destino”.
Me describía sus procedimientos con gran franqueza, pero no, me parecía, con el espíritu de uno que daba una lección para que le siguieran. No tenía una gran opinión de mi ojo, ni para las mujeres ni para los gestos esenciales ni para nada. Nacido en un continente salvaje, yo estaba excluido, en su opinión, de lo que de forma natural recibían los europeos: una configuración mental griega, es decir, platónica.
“No has respondido a mi primera pregunta”, dije. “¿Estas conquistas masturbatorias tuyas te reportan verdadera satisfacción? ¿En lo más profundo de tu corazón no preferirías lo real?”.
Se irguió. “Masturbación es una palabra que yo nunca uso”, dijo. “La masturbación es para los niños. La masturbación es para el principiante que ejercita su instrumento. En cuanto a lo real, ¿cómo tú, que has leído a Freud, puedes usar ese término tan irresponsablemente? De lo que yo hablo es de amor ideal, amor poético, pero en el plano sensual. Si te niegas a entender eso, no puedo ayudarte”.
Me juzgó mal. Tenía todos los motivos para comprender este fenómeno que él llamaba amor ideal en el plano sensual, todos los motivos para comprenderlo y tomar posesión de él y practicarlo en mi propio beneficio. Pero no podía. Estaba lo real, que conocía y recordaba, y luego estaba esa especie de violación mental que Gyula realizaba, y las dos cosas no eran lo mismo. La calidad de la experiencia emocional podría ser semejante, el extasis podría ser tan intenso como afirmaba -¿quién era yo para ponerlo en duda?-, pero en el más elemental de los sentidos un amor mental no podía ser una cosa real.
¿Cómo es que nosotros –tanto hombres como mujeres, pero, sobre todo, hombres- estamos preparados para asumir los reveses y desaires de lo real, cada vez más desaires a medida que el tiempo pasa, más humillantes cada vez, y, con todo, seguimos regresando? La respuesta: porque no podemos pasar sin lo real, lo real real; porque sin lo real morimos como de sed.









