Sobre mí
En sexología hay más valores cultivables que problemas tratables Havelock Ellis
No estoy seguro de cuándo empecé a interesarme por esto del sexo, pero sí recuerdo los dos primeros libros que leí. Ayudando a limpiar de polvo la biblioteca de mi abuelo, tomé “prestadas” una autobiografía de Xaviera Hollander, la prostituta feliz, y La cama celestial de Irving Wallace, una novela sobre las parejas de reemplazo. Debía de tener catorce años. La novela de Wallace me atrajo por la foto de una mujer desnuda de perfil delante de un espejo (la insinuación voyeurística la tornaba más atractiva). Y Xaviera me era conocida porque llevaba el consultorio de Penthouse, ya leído en algún ejemplar ajado que nos pasábamos los chicos en el cole como si fuera un manuscrito secreto.
La siguiente experiencia de lectura (he sido un sexólogo bibliófilo precoz) fue el nuevo Informe Kinsey, que compré en una librería londinense para pasmo del talludo librero que me atendió. Con 16 años pedí el Informe Kinsey con la avidez con que ahora se pide la última novela de Harry Potter. Me informaron amablemente de que estaba agotado y me ofrecieron The Kinsey Institute New Report on Sex, y yo me fui tan contento. Pasaron muchos años hasta que conseguí por fin los libros de Kinsey y descubrí que no tenían mucho que ver entre sí.
Por entonces apenas se publicaban libros interesantes sobre sexualidad, o yo no los conocía. Causó sensación en aquellos años el programa Hablemos de sexo de Elena Ochoa. Recuerdo más el revuelo que los contenidos. Me pareció de una frialdad espantosa, todo aséptico, como si así fuera más científico. Prefería los acalorados debates de Hermida o Milá; incluso llegué a ver algunos de La Clave con el añorado Balbín. Al final, los argumentos eran siempre los mismos, con la divisoria entre progres y conservadores. El diario El País sacó unos fascículos sobre sexualidad humana a rebufo del programa de Ochoa en los 90. Los leí; supongo que aprendí cosas, aunque no sabría decir el qué.
Durante la carrera de Psicología seguí leyendo todo lo que caía en mis manos de sexualidad. Ante el raquítico panorama editorial en español, empecé a buscar libros en los viajes al extranjero. Los últimos años de carrera anduve desorientado, sin saber a qué dedicarme. Asociaba la sexología con la clínica y eso me desanimaba. Me interesaba potenciar el disfrute de las relaciones cotidianas y no compartía la excesiva medicalización de las dificultades comunes. Me enfrasqué en una tesina sobre la intersexualidad hasta que decidí que tarde o temprano tendría que atender a mi vocación. Dos años más tarde, di con el In.Ci.Sex, un Instituto de Sexología que ofrece cursos de posgrado, y con cuyos planteamientos me sentía en casa. Terminado el máster en Sexología, empecé a trabajar con ellos. (Por cierto, aquí expreso mis opiniones, que no tienen por qué ser compartidas por el In.Ci.Sex; aunque espero que muchas sí lo sean…).
Esta bitácora sobre sexualidad no tiene más pretensión que la de compartir lecturas de interés y animar a debatir. Cualquier persona interesada en aportar o discrepar, puede hacerlo a través de los comentarios o en esta dirección de correo:
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Juan Lejárraga Vera









