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El descubrimiento del espíritu

Publicado por Juan en Marzo 31, 2008

El descubrimiento del espíritu
Bruno Snell. Trad. de J. Fontcuberta
Acantilado. Barcelona, 2008. 534 páginas, 29 euros

Lecturas como ésta vuelven innecesaria la ficción. También la filología griega puede ser inmensamente seductora. Quienes aman el mundo grecolatino están de fiesta. Un libro así actúa como imán sobre nuestras manos. Quien lo inicia no puede abandonarlo. Todo comienza con un fascinante acercamiento a Homero. El gran filólogo alemán se limita a constatar dos evidencias: en las grandes epopeyas homéricas no existe el alma ni el espíritu. Tampoco el cuerpo. Algo no existe si no puede reconocerse su existencia. Es postulado filológico el berkeleyano esse est percipi. Algo es, existe o se da si es posible percatarse de ello: si se tiene conciencia de esa cosa; si se la puede nombrar.

Homero no podía nombrar el cuerpo. La palabra sôma no significa cuerpo. Corremos siempre el fatal riesgo de confundir el lenguaje homérico con la lengua griega del siglo V. El vocabulario de los trágicos o de Heráclito nada tiene que ver con el homérico. Cuerpo, sôma, significa en Homero cuerpo muerto. Cadáver. Como si sólo en su forma inerte, sustraído el hálito vital, fuese el cuerpo cuerpo. Como si tan sólo en su presencia cadavérica compareciese unificado. En vida lo que desde los pitagóricos llamamos cuerpo no posee palabra alguna. O mejor, tres palabras se reparten la expresión. Palabras que aluden a miembros más o menos coordinados en movimiento.

Lo mismo el alma. No existe, no se da, no puede ser nombrada. Psyche en Homero es principio vital. La propia palabra significa en su etimología hálito. Alude a la respiración. Se reparte su significado con el célebre thymos, tan relevante en Platón. En Homero alude vagamente a un órgano de emociones y sentimientos diversos. Y Noús significa tan sólo percepción intuitiva, inteligencia espontánea, algo relativo al percatarse (ni por asomo nada que implique razonamiento e inferencia).

¿Cuándo, cómo, de qué modo se produce el descubrimiento del alma, del mundo interior, de lo que posteriormente se llamará Espíritu (desde el estoicismo hasta el idealismo)? Aquí aparece la genial intervención de este filólogo especializado en lírica griega. El alma no la descubre la religión órfica, pitagórica, mistérica, eleusina, coribántica (como puede pensarse siguiendo a Edwin Rhode, o al propio Werner Jaeger).

Es una mujer quien inventa el alma. Es una mujer quien descubre el mundo interior. Es una mujer quien desgaja emociones y sentimientos en el sentido en que aun hoy los reconocemos. Sabe complacerse en las cuitas de amor. Reconoce en ella el principio lírico en su quintaesencia. Eso sucede mucho antes de la “revolución psíquica del siglo XII” de que habla en su célebre libro Denis de Rougemont. Antes de trovadores y troveros. Antes de la materia de Bretaña. O de Tristan et Iseult. O de Minnesinger y demás cantores del amor desdichado. Una mujer, además, enamorada de otra mujer. O de otras mujeres. O que trae a Afrodita por testigo para que ese alumbramiento del Alma se produzca. En su natal isla de Lesbos ejerce su papel de partera de la lírica. Da un paso de gigante en relación a Baquílides. O a los primitivos Arquíloco y Tirteo. Prepara el terreno al gran Píndaro. Deja el camino expedito a los grandes trágicos y a los filósofos.

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El amor como pasión

Publicado por Juan en Marzo 26, 2008

El amor como pasión
Niklas Luhmann
Trad. Joaquín Adsuar Ortega. Península, 2008. 309 pp. 18’50e.

Nacido en 1927 y muerto en 1998, Niklas Luhmann, catedrático en la Universidad de Bielefeld, es un pensador alemán indispensable para entender la sociedad de la segunda mitad del siglo XX. Autor de más de tres docenas de libros y de infinidad de artículos, su obra ha sido traducida a las principales lenguas del planeta y ha despertado un enorme interés en las instituciones académicas de todo el mundo. Contrafigura de Habermas, la larga polémica que mantuvo con él hizo que la izquierda de catecismo le tachara de conservador, algo que sin duda le perjudicó, así como la densidad, rayana a veces en opacidad, con la que escribió hasta el final de su vida.

Este libro cuenta con el valor añadido de un prólogo debido a Vicente Verdú, autor que, como es bien sabido, lleva más de treinta años pespunteando su obra con textos en los que reflexiona sobre el amor y el enamoramiento. Presenta el volumen como “un clásico de la historia amorosa y un clásico de la semiótica”. Quizá acierta Verdú más en lo primero que en lo segundo, pero en todo caso deja al lector preparado para entrar en el territorio del amor, tan caótico antes como ahora “en la cultura del turismo, la cosmética y el consumo”.

Para leer El amor como pasión conviene recordar que Luhmann construye toda su obra como un colosal esfuerzo de análisis de la sociedad concebida como un conjunto de sistemas sociales entendidos como sistemas de comunicación. Lo que él entiende como sistemas sociales debe ser entendido como sistemas autorreferenciales, operativamente cerrados, que contienen su propia descripción. El amor, las relaciones íntimas, deben entenderse como un sistema de comunicaciones de reproducción autopoiética.

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